|
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo Corrientes, 24 de mayo de 2008 Mons. Andrés Stanovnik 1. Hoy estamos alegres en el Señor, porque nos sentimos verdadera familia de Dios, Iglesia reunida alrededor de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Aquí es donde experimentamos una profunda comunión de vida y de amistad con Jesús y entre nosotros. Ante el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, nos estremece contemplar el amor de Jesús que se entregó hasta el fin. Nos conmueve y llena de inquietud al darnos cuenta que él nos elige y nos llama a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. Este misterio de vida y de amor, nos trae a la mente la Santísima Cruz de los Milagros, en la que Cristo entregó su vida por amor. Todo esto, además de alegrarnos profundamente, nos hace pensar en las consecuencias que tiene para nuestra vida personal, familiar, social y política. 2. Ese sentimiento de gozo y de conmoción interior nos viene porque creemos que Jesús Resucitó y que está vivo en medio de nosotros. Creemos que él es el Pan Vivo bajado del cielo. Él mismo nos aseguró que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna”. No hay mayor alegría en el corazón del hombre que recibir a Jesús personalmente y compartir con él la misma vida que él comparte con Dios Padre. Así podemos comprender mejor, que la vida de Dios en nosotros desarrolla en plenitud todas las dimensiones de la existencia humana. Dios se halla en medio de los hombres y nada de lo que es auténticamente humano le resulta extraño. 3. Por eso, al llevar el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo por las calles de nuestra Ciudad, como lo hicimos con Santísima Cruz de los Milagros, queremos decir públicamente que Dios es fiel aliado del hombre, inseparablemente unido a él, en un generoso sapucay por la vida y por todo lo bueno y bello que hay en ella. Por eso, Dios se alegra inmensamente cuando ve que se respeta, acoge y cuida la vida desde la concepción; cuando el hombre y la mujer tienen un trabajo digno y perciben por él un salario justo y equitativo; cuando los enfermos son atendidos con cariño y eficiencia; cuando las personas que envejecen son cuidadas y se les presta la debida atención; cuando se rodea de ternura y se trata con dignidad a las personas que transitan las últimas horas de su vida. Al mismo tiempo, Dios es feliz cuando sus hijos y sus hijas pueden desarrollar al máximo lo mejor de sus capacidades humanas; se siente identificado cuando servimos a los grandes valores que humanizan nuestra convivencia, colaboran al bien común y contribuyen al progreso de la sociedad. El Dios de Jesús es el Dios de la Vida, que se entregó totalmente para que tuviéramos vida y la tuviéramos en plenitud. 4. Caminar con el Santísimo Sacramento por nuestras calles, con su contundente mensaje de humildad y de servicio, que se reflejan en su Cuerpo entregado y su Sangre derramada, interpela todos nuestros espacios públicos y nos interroga sobre la transparencia de nuestras acciones y el cumplimiento de nuestras obligaciones ciudadanas. Si muchas de las estructuras actuales generan pobreza –se dijo en Aparecida–, en parte se ha debido a la falta de fidelidad de los compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales. 5. Que no nos suceda como aquellos hombres, que escuchando a Jesús cuando les hablaba de la comunión con su cuerpo y con su sangre, se enredaron en discusiones inútiles diciendo: ¿cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Esta visión materialista, al negar el signo del Pan partido y compartido, se enreda en falsas discusiones. La experiencia nos enseña que el desencuentro y la falta de diálogo conducen a un mezquino repliegue sobre intereses particulares. Este modo de proceder, mezcla de materialismo y apetencias de poder, siempre atenta gravemente contra el bien común de todos los correntinos, instala la desconfianza, no sólo entre las partes que confrontan, sino también entre los demás sectores sociales. Así, los demonios de la confusión, de la mentira y de la sospecha generalizada, ciegan las mentes a la verdad y al bien, y encienden oscuras pasiones que dañan a todo el cuerpo social. Los que caen en sus redes, difícilmente se libran de su posesión. 6. Se necesita mucha virtud, sobre todo de humildad y de transparencia de intenciones, para dialogar tanto en la familia, como en las instituciones. Debemos entender, que si no podemos ser virtuosos, al menos tratemos de ser razonables y darnos cuenta de que el egoísmo, en todas sus formas sutiles, es siempre mortal. No queremos que esto nos pase. Contemplemos a Dios en el Santísimo Sacramento, que eligió la humilde forma del pan, para enseñarnos la sublime forma de compartir, de ser razonables y solidarios, y aprender a hacernos cargo de nuestros problemas mediante un diálogo abierto, sincero y, sobre todo, permanente. Queremos agradecer a Dios las medidas que se tomaron para descomprimir la tensión social, provocada por el bloqueo del Puente General Belgrano. Sin embargo, sigamos rezando por nuestra Provincia y por sus Gobernantes, para que tengan sabiduría y prudencia para encontrar soluciones dignas y humanas a los problemas de fondo que nos afligen. 7. Si, por una parte, vemos que es difícil llevar una conducta coherente con la comunión que decimos vivir con Cristo, por otra parte, nos consuela y anima la tierna presencia de la Virgen de Itatí, fiel discípula de Jesús y primera misionera de su amor. Con ella nos sentimos seguros y ante ella nos comprometemos a ser coherentes en la vida pública y privada, a ser razonables en el ejercicio de nuestras responsabilidades cívicas, para no dejar que los problemas sin resolver pongan en riesgo la seguridad y la vida de la población. Contamos con su poderosa intercesión para no ceder ningún palmo más de terreno al demonio, padre de la mentira y agente de la confusión. En nuestra fragilidad humana, nos alienta la presencia del Santísimo Sacramento, que nos une en comunión y amistad, y nos reconforta cuando desfallece nuestro espíritu. 8. Con la ayuda de Dios y fortalecidos con el Pan del cielo, queremos a ir hasta el final en nuestro servicio al prójimo; a no tener miedo de dialogar y mirar de frente los problemas que debemos resolver; a tener la grandeza espiritual y la sabiduría de renunciar a los intereses particulares a favor del bien común, que es el bien de todos los correntinos y correntinas; que cada encuentro con Cristo nos descubra el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta; nos impulse a ser misioneros del amor, de la verdad, de la justicia y de la libertad, y nos dé fuerzas para construir una sociedad más justa y más humana. Tiernísima Madre de Itatí, ruega por nosotros. Amén. |