Alocución radial del Arzobispo de Corrientes, Mons. DOMINGO S. CASTAGNA

DECIMOSÉPTIMO DOMINGO durante el año.

29 de julio de 2007

Lucas 11, 1-13

 

 

1.-  Jesús enseña a orar. La oración, como Jesús la enseña, es tenida en poco o en nada por esta desasosegada generación. No es una oración perfecta cuando se la utiliza exclusivamente para resolver situaciones desesperantes. Acudir a quien nos ama únicamente cuando lo necesitamos es un gesto egoísta y de mínimo relieve humano. La oración es una relación de amistad con Dios, así lo entendía Santa Teresa de Jesús, por lo mismo incluye un interés exclusivo por la persona amada. La oración está envuelta en una declaración explícita de amor a Dios. Cuando la motivación primera y principal de la oración es conseguir algo, o lograr la serenidad de espíritu que las circunstancias han echado por la borda, sobreviene el tedio y el disgusto emotivo. Jesús enseña la oración más simple, dirigida dulcemente al Padre que lo ve todo “desde el cielo”. ¡Qué poco y qué mucho dice el “Padre Nuestro”! Su centro de referencia es la persona divina del Padre. Comienza llamándolo y constituyéndolo en la persona amada entrañablemente; después vendrán las peticiones, la exposición de todas las necesidades y la súplica de liberación “de todo mal”. He escuchado expresiones como ésta: “Voy a la Iglesia y rezo cuando tengo necesidad”. Mientras la salud y la fortuna sonríen no se produce la mínima relación con Dios, como si no existiera. El Padre Dios es tan bueno que comprende este estado de debilidad humana y se hace encontradizo con sus hijos, casi siempre en la contradicción: el humano infortunio y la enfermedad. Acontece lo mismo con los pequeños que recurren al padre cuando tropiezan y caen.

 

2.-  El amor inspira la oración.  La oración que Jesús enseña, no obstante el realismo de la condición humana descrita, no se inspira en el interés egoísta por resolver cuestiones ocasionalmente no superables. Su propio testimonio de Hijo que ama al Padre constituye la inspiración de la oración que enseña a sus discípulos. Las prolongadas horas y días de estar con el Padre indican la existencia de un amor intenso y personal que se desarrolla con su naturaleza de Hombre verdadero. Ama a su Padre, por ello acude a Él y le ofrece su tiempo, su descanso y su conmovedor estarse en humilde contemplación. Sin duda el sendero a la santidad, y al ejercicio de las virtudes, se emprende y consuma en el amor a Dios, como motivador eficaz del propósito de aventurarse confiadamente en su recorrido. Esta actitud impulsa la osadía filial en las diversas peticiones y la seguridad de ser escuchados siempre y cuándo sea el amor su inspirador. En ese contexto personal se entiende la seguridad que el Maestro señala: “También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre”. (Lucas 11, 9-10) Inmediatamente agrega la razón de lo enseñado: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan”. (13)

 

3.-  La voluntad de Dios.  El don del Espíritu abarca todos los dones y satisface todas las necesidades. Hay que adentrarse bien en la Palabra de Dios para entenderlo. Los hombres buscan y pretenden lo que les interesa caprichosamente no lo que les conviene de verdad. Por ello, aún los más creyentes, se disgustan con Dios cuando sus reclamos no son correspondidos como pretenden que lo sean. A medida que se crean lazos más familiares con Dios se produce un mayor entendimiento de su proceder paterno. La conformidad con la voluntad de Dios es consecuencia directa de la familiaridad que establecen los hombres con Él mediante la oración. Jesús, Dios verdadero - y también verdadero Hombre - es modelo de oración, de estarse mucho tiempo con el Padre. Aconseja la oración constante y confiada - motivada por el amor filial que a Él lo distingue - ámbito en el que decide su fidelidad al Padre amado. Es conveniente recordar la oración en Getsemaní, ubicada por el Evangelio en las vísperas de su Pasión. Allí manifiesta el estremecimiento de su sensible naturaleza ante la perspectiva de su cruenta muerte. También allí se identifica como obediente al Padre hasta su muerte en Cruz.

 

4.- ¿Qué ocurre hoy?  Es oportuno dejar que nuestra vida personal y social sea iluminada por la Palabra. Siempre hallamos heridas qué curar y profundas dudas qué resolver. Nadie ignora las carencias y contradicciones que traban el desarrollo de la historia. No es el momento de endilgar culpas sino de hacerse cargo de respuestas serenas e indelegables responsabilidades. Para ello es conveniente acudir al silencio y a la oración. El Maestro responde a la suplica de sus discípulos: “¡Señor, enséñanos a orar!”  Dios acude de inmediato cuando el pedido es honesto. Los fariseos hubieran imaginado una pregunta capciosa, sin la mínima intención de aprender de quien, muy a pesar suyo, llaman “Maestro”. ¿Qué ocurre hoy? Los modernos fariseos ponen zancadillas al paso de la buena gente, creando divisiones, inventando falacias, ultrajando la buena fe  y  tildando de embusteros a los mejores hombres y mujeres. Es un mundo descarado e irrespetuoso para el que no hay familia, religión y pureza que valga.  Construye una cultura de la distorsión que propone antivalores - a las mentes de los niños, de los jóvenes y de la población humilde - como si fueran los nuevos valores del progreso y la modernidad. Siempre existió el pecado - desde que se cometió el primero - pero no se lo recalificó llamándolo a iniciar una nueva moral sin normas ni principios.

 

5.-  Dios es el Legislador.  ¿Es así el progreso? ¿No es acaso el regreso a la selva y a las cavernas?  Las mejores mentes se ocupan, con particular empeño, en señalar el peligro y en ofrecer pistas adecuadas de ascenso y descenso. Entre ellas están los Pastores de la Iglesia. Pero existen otras voces que intentan desacreditarlas con el secreto propósito de imponer otros sistemas, sostenedores de un comportamiento adverso a la fe y a la moral cristianas. El descrédito lleva a la destrucción y, finalmente, a la llamada “muerte de Dios”. No prosperará, ya que el Legislador de las leyes de la naturaleza y de sus normas para la conducta humana es el mismo Dios a Quien pretenden matar. La sensatez inspira una renovada convivencia, respetuosa de los valores permanentes y tradicionales.